miércoles, 27 de junio de 2007

Mejor cierro los ojos

Cierro los ojos y apareces. Te veo caminar descalza sobre las estrellas, en jardines infinitos. Llevas sólo puesto un vestido y se muy bien lo que éste oculta, pues tu cuerpo lo he probado mil veces como el más sugerente manjar. El sol ilumina tus pasos y entibia tu piel, como tantas veces deseaste.
Caminas sigilosamente y de cuando en cuando me vigilas de reojo, invitándome a seguir tu procesión. Juegas a seducirme y yo me acobardo. Me freno y te dejo ir, una y otra vez.
Abro lo ojos y veo tu nombre esculpido sobre el frío mármol. Hay silencio profundo, hay muerte. En mis manos sostengo tus flores predilectas y son para amarte a la distancia.
Mejor cierro los ojos.

Santiago

A la ciudad de Santiago ya no la veo, pero se que sigue ahí. Tus ojos tampoco los he vuelto a mirar, pero de todos modos se que continúas en la capital. Y me pregunto con quién caminarás ahora por las callejuelas devoradas por modernos y fríos edificios, esquivando borrachos, piratas y lanzas. Me pregunto con quien ahora alimentarás la esperanza de conseguir una oportunidad en la gran ciudad, ofreciendo hasta tu cuerpo para ello, con tal de arrancar de tu piel la raíz provinciana. Y me pregunto si aún seguirás soñando con Santiago.

Te soñé

Hoy te soñé. Te imaginé blanca y luminosa. Tu cabello desordenado, el aroma de tu piel que no tiene otra piel y el sabor de tus labios que no es posible encontrar en otros labios. Te sentí llegar despacio, temblorosa y frágil, para no molestarme. Te acercaste buscando mi abrigo y mi locura, que son las pocas cosas que poseo y que te ofrezco completamente.
Me hablaste dulce, melodioso, al oído, en el pecho, en la cara y no fui capaz de responder.
Creí que dormía, creí que te soñaba. Traté de gritar, pero sólo me quedé en el intento como en tantas otras situaciones. No sé si fue una ilusión, si fue sólo una jugarreta más de mi maldita imaginación, pero desperté cuando reíste al cerrar la puerta de la habitación.

Al dictador

Y mientras el dictador me zamarrea con sus órdenes y apremios, me congelo un momento y pienso que me gustaría despertar cuando me traten de comer los gusanos o en medio del sigiloso tránsito de las arañas por mi cuerpo.
Y mientras el dictador sigue disparando bravatas, salpicando saliva, con su rostro enrojecido y las venas a punto de estallar, estoy dispuesto a pisotear el cuarto mandamiento y botarlo de un solo puñetazo.
Y mientras el dictador continúa alardeando, empuño mi diestra y me preparo para hacer justicia por mis propias manos, para cambiar la historia, para poner fin al calvario.

Ella

Ella me salva. Ella enciende demonios en mi cabeza. Ella me llena de contradicciones y desata los más perturbadores pensamientos. Cómo evitar amarla cuando me habla al oído, cuando sus ojos me lo piden, cuando sus labios saben dulces como una fruta.
Sin embargo, cómo no querer matarla cuando deja de mirarme, cuando habla con otros, cuando decide mentirle a su corazón y huye de mi lado.
Ella ahora está lejos y yo en silencio, como muerto. He prometido no volver a nombrarla. Creo que es mejor no saber más de ella, aún cuando mi memoria traicionera se empecina en demostrarme lo contrario. Y es que no puedo evitar recordar las horas que vivimos. Cuando sus ojos buscaron la complicidad de los míos, cuando nuestras manos se enredaron desordenadamente, cuando su piel entibiaba la mía y yo pensaba que nuestros abrazos eran eternos. Y es que nuestros cuerpos calzaban a la perfección -siempre se lo dije- como dos piezas de un gran puzzle y que no tienen otra combinación posible.
Y ya estoy hablando de ella, pero sin nombrarla. Los recuerdos me azotan de manera incesante y no me dejan escapar de su existencia. Esas veces en que no era necesario hablar. Nuestros ojos se encargaban de ello y nuestras bocas y manos, del resto. Esas veces que nos reímos del tiempo, del día, la noche y nos amamos sin apuro ni recriminaciones. Esas veces que le dimos la espalda al mundo y nos confundimos en una misma respiración y en un mismo deseo. Esas veces que nos prometimos eterna compañía, más allá de la vida y de la muerte.
Su figura vuelve a aparecer, nublando mis ojos y mi mente. En mi cabeza emergen fantasmas y deseos abrumadores de terminar con su vida o talvez con la mía. Su rostro, el mío, su divina sonrisa, mi boca cerrada, sus ojos lúdicos y hasta inocentes y mi mirada perversa, se vuelven pólvora y me hacen coger una y otra vez el arma.
Y cuando la sostengo con mi diestra, coloco el cañón pegado a mi sien. Un ritual que vengo realizando hace unos días, desde que su recuerdo me salva y me manda al infierno. Me ha faltado valor, me ha faltado locura, me ha faltado odio para jalar el gatillo. Pero estoy dispuesto a poner a prueba mi coraje y mis desquicios una y otra vez. Estoy decidido a seguir practicando.

martes, 26 de junio de 2007

Adiós

Acabas de colgar y de decir adiós. Y se me abalanza el silencio. Uno profundo, uno hiriente y castigador. Me envuelve, me atrapa, me invade. Entra por mi boca, me aprieta el pecho y no encuentra salida. Ensordezco, enmudezco y clavo la mirada en un muro, donde veo aparecer tu nombre para luego ser testigo de su desvanecimiento como si tratara de un malicioso truco de magia.
Y me quedo esperando un instante, quieto, muy quieto, mudo, como muerto. No quiero alertar a nadie, no deseo compasión lastimera, no quiero delatarme como un animal herido y abandonado. Y espero que sólo sea un engaño, una pesadilla, un delirio más en mi atormentada forma de vivir.
Y espero que vuelvas a llamar y en ello se me pasan las horas, el día y la noche. Y no sucede. Y te busco por toda la casa. Reviso cada lugar como si jugaras a esconderte y no te encuentro. Sin embargo, huelo tu perfume y me arrastro sigilosamente para intentar sorprenderte. Y por más que te respiro en cada espacio, no estás. Y mis brazos se vuelven inútiles pues al querer alcanzarte se enredan de forma estúpida.
Y me invade la frustración y la angustia.
Y la realidad me golpea el rostro. Y me doy cuenta que te has despedido para siempre, sin retorno, sin misericordia. Y tu rostro se me adhiere en la frente. Y tus manos escapan de las mías. Y me quedo recordando el sabor de tu último beso cuando juraste que me amarías para siempre. Y entiendo que nada es para siempre, menos el amor donde siempre acecha el error, la traición y el dolor.
Y tu adiós se apodera de mi cuerpo. Tiemblo, sudo y pierdo la orientación. La tristeza se agiganta y me aplasta, me devora sin sutilezas ni miramientos de ningún tipo y me deja botado en un rincón, sin fuerzas ni voluntad, disponible para el festín de las aves carroñeras o para ser arrojado a un cajón.
Y reina la desolación, una grande, una que termina abatiéndome.
Y me quedo solo, perdido en mi propio destino, sin poder despegar mi boca del suelo, imaginando ilusamente poder amarte en sueños.