A esta hora, en que el mundo parece más revuelto y la vida se muestra como una herida abierta que no cesa de sangrar, me mecen los brazos de la nostalgia. Y dejo que lo siga haciendo, pues estoy naufragando en los momentos más íntimos de mi existencia. Las calles de los recuerdos se vuelven cada vez más estrechas y donde si bien no veo mi rostro, se que estoy presente buscando refugio, uno cálido, uno seguro. Los brazos de la nostalgia me mecen hasta que adormezco. Y así quedo atrapado en un sueño profundo, gratificante, pero permisivo a la vez, pues soy víctima de las evocaciones de mi infancia, de los juegos con mis hermanos, del calor de mi madre, de la leche caliente, del manjar de la abuela, del picadillo de fruta en cama, de las cenas de Navidad y de los cuidados cuando enfermaba. Soy víctima de mi mismo, de mi urgente necesidad de buscar protección ante la angustia de haber dejado mis años vividos y el terror de enfrentar lo incierto.
Deseo demorar el despertar. No deseo dejar atrás el pasado. Quiero aferrarme a él, burlar el tiempo y confundir los años para detener el avance hacia el final. Prefiero seguir dormido a enfrentarme con el resto de la vida. El presente no es seguro ni oportuno. Prefiero cederlo antes de volverlo en mi contra. Y es que puede ser breve, pero también perverso, al entregarme como un borrego al futuro verdugo, sin derecho a elegir ni pelear.
El futuro está muy lejos y no estoy preparado para ello. Y si el destino está escrito, seguramente estará colmado de faltas de ortografía e imprecisiones varias que perturbarán mi accionar, haciéndome zancadillas en la ruta ciega que lleva hacia adelante.
Por ahora, los brazos de la nostalgia me parecen los más fraternos y seguros. Y si despierto, estoy dispuesto a hacerme el dormido, intentando engañar mi propia conciencia para no soltarme de los brazos de la nostalgia.
lunes, 22 de octubre de 2007
Mientras duerme
La observo una y otra vez y ella no se percata. Ignora que la vigilo como un cazador a su presa. No logro quitarle los ojos de encima pues su belleza es admirable. Está sobre la cama, dándome la espalda, su magnífica espalda, suave y dulce. Cubierta sólo con la sábana, deja entrever sus piernas, también suaves y dulcess. Ella está en silencio, pero no ausente.
Parado en medio de la habitación, la miro otra vez y no puedo dejar de pensar en la noche que vivimos. Una noche agitada, una noche en que la pasión no conoció límites ni supo de cordura y en que el resto del mundo pareció desaparecer.
Recuerdo haberla encontrado en la librería del centro de la ciudad. Esa donde es posible revisar textos al sabor de un café. Vestía una chaqueta roja y en su cuello, un pañuelo del mismo color que resaltaba aún más su pálido, pero bello rostro.
Primero nos miramos entre los estantes colmados de literatura hispanoamericana. Yo no buscaba ningún autor en especial, quizás sin saberlo, a ella. Sus ojos pequeños, brillantes y lúdicos me hablaron, me incitaron, me desafiaron a ser valiente y atrevido, a dejarme guiar por el instinto.
Al acercarme, percibí su aroma dulce, atrayente y misterioso. También fui testigo de como sus dedos frágiles y algo temblorosos, seguramente por el nerviosismo desatado, hojeaban un libro. Y no era un libro cualquiera, era Rayuela de Julio Cortázar, y se habían detenido en el capítulo 7 “Toco tu boca”, lo que evidentemente interpreté como una señal, pues ella se revelaba como mi propia maga.
Azuzado por mi propio deseo, me presenté como un viajero en el tiempo y descubridor de sensaciones, lo que a ella le provocó gracia. Sus labios se encargaron de expresarlo dibujando una sensual sonrisa.
Al cabo de unos minutos, estábamos bebiendo café, sentados en un rincón, cerca, muy cerca, y conversando sobre libros y sueños. De los sueños pasamos a los deseos y de los deseos pasamos a mi departamento distante pocas cuadras del lugar, las que caminamos presurosamente como si nos persiguiera algo más que nuestras conciencias.
Atrás había quedado la librería, los cafés y también las miradas curiosas, ociosas e intrigantes de los que no saben vivir.
Ahora sólo estábamos ella y yo, y dispuestos a perder todas las distancias, absolutamente todas. La cordura y la timidez habían cedido terreno a la pasión y desfachatez. Ya no había oportunidad de retroceder. Ninguno de los dos quería volver atrás.
Y fue así como sentados en el sofá del living comenzamos a explorarnos. Mientras enredábamos nuestras manos, comencé a besar sus labios. Los recorrí lentamente, ciegamente, guiado sólo por el deseo. Recuerdo haber acariciado su rostro suave y tibio. Sus ojos pequeños y brillantes ahora estaban más grandes y encendidos, y me hablaban de complicidad, de una secreta complicidad.
Éramos dos desconocidos perfectamente conocidos. No necesitábamos nada más, sólo a nosotros mismos.
Mis habituales torpes dedos también jugaban a mi favor. Con movimientos casi perfectos le arranqué suavemente su pañuelo rojo. Luego, el turno fue para su chaqueta y blusa, sintiendo el calor de su piel como cuando el reflejo del sol da en la cara. Todo esto mientras mis labios no encontraban otro refugio mejor que su boca y su respiración se confundía con la mía.
Segundos después y como si tratara de una programada partitura, su falda corrió la misma suerte. Con suavidad la despojé de su cuerpo, para luego dejarla descansar inútilmente sobre la alfombra. El resto de su ropa tuvo el mismo destino.
Sus manos también hicieron el trabajo. Primero me quitó la camisa, luego el pantalón, dando rienda suelta a sus traviesos dedos que se deslizaron infatigablemente como pequeñas serpientes sobre mi piel.
Y ahí nos encontrábamos frente a frente, sin armaduras ni escudos, sin palabras, sin nada que esconder, sólo dejándonos arrastrar por el deseo.
Las caricias y besos nos llevaron hasta la habitación, donde la excitación terminó por derrotar cualquier resistencia de pudor y arrepentimiento.
De fondo, Sade y Chicago acompañaron melodiosamente la danza de siluetas en la pared y que era posible apreciar a pesar de la tenue luz en la habitación. No necesitábamos luz, no necesitábamos nada más.
Recuerdo que la amé desenfrenadamente. También sentí que ella me amó con locura, con esa pasión que no es posible entender ni tampoco explicar, sólo imaginar.
Recorrí cada centímetro de su cuerpo, probando el sabor de su piel y que no había encontrado en otra piel. No hubo pausas. No hubo remordimientos. No hubo censura en una noche que se rindió completa y mágica, como ella misma.
La vuelvo a ver y ella continúa en la cama, callada, como durmiendo. Y yo sigo repasando la noche.
Evoco su manera de amar. Recuerdo cada gesto suyo, el movimiento de su cuerpo, la transpiración de su piel.
Me acuerdo que nos burlamos de mi soledad y de su fidelidad conyugal. Sorprendidos por este guiño del destino, ambos internamente lo agradecíamos. No lo dijimos. No hizo falta hacerlo.
Me habló de su aburrido y tortuoso matrimonio. Yo le hablé de mi empedernida soltería y de las ganas de quedarme con ella para siempre. Me confesó no querer volver a casa y yo, de que fuera sólo mía.
Fue una noche larga, pero que a su vez se nos hizo breve. Los dos deseábamos que no acabara. Anhelábamos detener el avance de las horas, como si el tiempo fuera tan manejable como las manijas de un reloj. Ansiábamos que no llegara un nuevo amanecer, no queríamos una despedida.
La observo otra vez y ella sigue quieta, mansa y en silencio. Abro las cortinas para que entre un poco de luz a la habitación y su cuerpo se ve aún más sublime. Pero ella no despierta. Y ya no lo hará más porque yace en mi cama. Fue única, especial y mía.
Y me quedo mirándola. Y en mis manos su pañuelo rojo, el mismo que desaté de su cuello para amarla y que luego volví a atar para llevarme su vida para siempre, sin decirle adiós, sin compartirla.
Parado en medio de la habitación, la miro otra vez y no puedo dejar de pensar en la noche que vivimos. Una noche agitada, una noche en que la pasión no conoció límites ni supo de cordura y en que el resto del mundo pareció desaparecer.
Recuerdo haberla encontrado en la librería del centro de la ciudad. Esa donde es posible revisar textos al sabor de un café. Vestía una chaqueta roja y en su cuello, un pañuelo del mismo color que resaltaba aún más su pálido, pero bello rostro.
Primero nos miramos entre los estantes colmados de literatura hispanoamericana. Yo no buscaba ningún autor en especial, quizás sin saberlo, a ella. Sus ojos pequeños, brillantes y lúdicos me hablaron, me incitaron, me desafiaron a ser valiente y atrevido, a dejarme guiar por el instinto.
Al acercarme, percibí su aroma dulce, atrayente y misterioso. También fui testigo de como sus dedos frágiles y algo temblorosos, seguramente por el nerviosismo desatado, hojeaban un libro. Y no era un libro cualquiera, era Rayuela de Julio Cortázar, y se habían detenido en el capítulo 7 “Toco tu boca”, lo que evidentemente interpreté como una señal, pues ella se revelaba como mi propia maga.
Azuzado por mi propio deseo, me presenté como un viajero en el tiempo y descubridor de sensaciones, lo que a ella le provocó gracia. Sus labios se encargaron de expresarlo dibujando una sensual sonrisa.
Al cabo de unos minutos, estábamos bebiendo café, sentados en un rincón, cerca, muy cerca, y conversando sobre libros y sueños. De los sueños pasamos a los deseos y de los deseos pasamos a mi departamento distante pocas cuadras del lugar, las que caminamos presurosamente como si nos persiguiera algo más que nuestras conciencias.
Atrás había quedado la librería, los cafés y también las miradas curiosas, ociosas e intrigantes de los que no saben vivir.
Ahora sólo estábamos ella y yo, y dispuestos a perder todas las distancias, absolutamente todas. La cordura y la timidez habían cedido terreno a la pasión y desfachatez. Ya no había oportunidad de retroceder. Ninguno de los dos quería volver atrás.
Y fue así como sentados en el sofá del living comenzamos a explorarnos. Mientras enredábamos nuestras manos, comencé a besar sus labios. Los recorrí lentamente, ciegamente, guiado sólo por el deseo. Recuerdo haber acariciado su rostro suave y tibio. Sus ojos pequeños y brillantes ahora estaban más grandes y encendidos, y me hablaban de complicidad, de una secreta complicidad.
Éramos dos desconocidos perfectamente conocidos. No necesitábamos nada más, sólo a nosotros mismos.
Mis habituales torpes dedos también jugaban a mi favor. Con movimientos casi perfectos le arranqué suavemente su pañuelo rojo. Luego, el turno fue para su chaqueta y blusa, sintiendo el calor de su piel como cuando el reflejo del sol da en la cara. Todo esto mientras mis labios no encontraban otro refugio mejor que su boca y su respiración se confundía con la mía.
Segundos después y como si tratara de una programada partitura, su falda corrió la misma suerte. Con suavidad la despojé de su cuerpo, para luego dejarla descansar inútilmente sobre la alfombra. El resto de su ropa tuvo el mismo destino.
Sus manos también hicieron el trabajo. Primero me quitó la camisa, luego el pantalón, dando rienda suelta a sus traviesos dedos que se deslizaron infatigablemente como pequeñas serpientes sobre mi piel.
Y ahí nos encontrábamos frente a frente, sin armaduras ni escudos, sin palabras, sin nada que esconder, sólo dejándonos arrastrar por el deseo.
Las caricias y besos nos llevaron hasta la habitación, donde la excitación terminó por derrotar cualquier resistencia de pudor y arrepentimiento.
De fondo, Sade y Chicago acompañaron melodiosamente la danza de siluetas en la pared y que era posible apreciar a pesar de la tenue luz en la habitación. No necesitábamos luz, no necesitábamos nada más.
Recuerdo que la amé desenfrenadamente. También sentí que ella me amó con locura, con esa pasión que no es posible entender ni tampoco explicar, sólo imaginar.
Recorrí cada centímetro de su cuerpo, probando el sabor de su piel y que no había encontrado en otra piel. No hubo pausas. No hubo remordimientos. No hubo censura en una noche que se rindió completa y mágica, como ella misma.
La vuelvo a ver y ella continúa en la cama, callada, como durmiendo. Y yo sigo repasando la noche.
Evoco su manera de amar. Recuerdo cada gesto suyo, el movimiento de su cuerpo, la transpiración de su piel.
Me acuerdo que nos burlamos de mi soledad y de su fidelidad conyugal. Sorprendidos por este guiño del destino, ambos internamente lo agradecíamos. No lo dijimos. No hizo falta hacerlo.
Me habló de su aburrido y tortuoso matrimonio. Yo le hablé de mi empedernida soltería y de las ganas de quedarme con ella para siempre. Me confesó no querer volver a casa y yo, de que fuera sólo mía.
Fue una noche larga, pero que a su vez se nos hizo breve. Los dos deseábamos que no acabara. Anhelábamos detener el avance de las horas, como si el tiempo fuera tan manejable como las manijas de un reloj. Ansiábamos que no llegara un nuevo amanecer, no queríamos una despedida.
La observo otra vez y ella sigue quieta, mansa y en silencio. Abro las cortinas para que entre un poco de luz a la habitación y su cuerpo se ve aún más sublime. Pero ella no despierta. Y ya no lo hará más porque yace en mi cama. Fue única, especial y mía.
Y me quedo mirándola. Y en mis manos su pañuelo rojo, el mismo que desaté de su cuello para amarla y que luego volví a atar para llevarme su vida para siempre, sin decirle adiós, sin compartirla.
Pequeño dibujo
Ese dibujo hallado en la libreta de apuntes arrancó de cuajo el velo y reveló el monstruo que habitaba en casa. Ese maltrecho dibujo hecho con esas pequeñas manos mostraba un rostro hosco, carente de sonrisa y lo que es peor, invadido por el odio. Ese dibujo delató al hombre perverso que había sembrado el temor en esas recién iniciadas vidas. Ese dibujo develó al ser miserable, vulnerable y perdedor que se escondía bajo la piel de un buen hombre. Ese dibujo fue como un disparo en medio de la noche y desató lágrimas y vergüenza.
Los honores de ser un excelente padre habían cedido terreno a las mentiras y éstas habían entrecortado la respiración. Incapaz de evitar la avalancha de enfado e impaciencia, dando rienda suelta a la locura y maldad sobre esos frágiles cuerpos, ahora caía de rodillas, abatido y herido en su propia tortura.
El miedo regado por toda la casa ahora era su propio enemigo. La idea de quedarse solo con su crueldad había encendido el terror interno y que sólo podría ser derrotado con una pequeña mueca en ese pequeño dibujo.
Los honores de ser un excelente padre habían cedido terreno a las mentiras y éstas habían entrecortado la respiración. Incapaz de evitar la avalancha de enfado e impaciencia, dando rienda suelta a la locura y maldad sobre esos frágiles cuerpos, ahora caía de rodillas, abatido y herido en su propia tortura.
El miedo regado por toda la casa ahora era su propio enemigo. La idea de quedarse solo con su crueldad había encendido el terror interno y que sólo podría ser derrotado con una pequeña mueca en ese pequeño dibujo.
Salto
Piso 16. La vista es exuberante y frenética. Excita los sentidos y perturba la razón. El poder en la mano. La atribulada sensación de un ser superior en la piel. Abajo la marcha es incesante e ignorante de que alguien arriba los vigila. Hormigas de terno y corbata en fila y también insectos mayores con ruedas, acelerando y desacelerando.
Abro la ventana. Aire frío golpea el rostro. Me siento más vivo que lo que debiera. Asomo una mano y creo tocar el cielo. Extiendo el brazo y el aire se cuela por el puño abierto de la camisa, recorre la extremidad, avanza por el resto del cuerpo, el otro brazo, las otras extremidades, la cabeza, el alma. Y me siento más poderoso que nunca. Y voy a saltar para ver cuantos insectos aplasto de una sola vez.
Abro la ventana. Aire frío golpea el rostro. Me siento más vivo que lo que debiera. Asomo una mano y creo tocar el cielo. Extiendo el brazo y el aire se cuela por el puño abierto de la camisa, recorre la extremidad, avanza por el resto del cuerpo, el otro brazo, las otras extremidades, la cabeza, el alma. Y me siento más poderoso que nunca. Y voy a saltar para ver cuantos insectos aplasto de una sola vez.
Mañana sí
Todavía existe sol y todavía queda aire. Aún no los han concesionado. Y yo no he parado de respirar, no he terminado de actuar, no he conseguido mi propia lealtad ni tampoco mi verdad. Pero mañana las buscaré. Ya es tarde y hay que guardar todo. Mañana seguiré con esta farsa. Cansado y sangrando, golpeado y aborrecido, con mis diplomas bajo el brazo y mis monedas en los bolsillos. Me encierro con llave. Mañana verán mis honores y títulos en la pared y mañana saldré a buscar más.
Círculo
Te miro. Te das cuenta. Me acerco. No huyes. Te hablo. Sonríes. Te toco. Te dejas. Te amo. Me amas. Despierto. Y vuelvo a cerrar los ojos. Y otra vez te veo. Y...
La muerte
Para algunos la muerte es una delicada mujer que viste elegante y que con trato suave ofrece sus brazos para acceder a la vida eterna.
Para otros, en tanto, la muerte no es más que una vulgar puta que persuade a los hambrientos y succiona hasta el alma.
En todo caso, no caeré en reflexiones inoficiosas y no tendré la sutileza de averiguar cual aproximación se acerca más a la verdad. No hay voluntad para ello. Tampoco hay tiempo para saber cómo enfrentarla. Y es que han tocado a la puerta y es ella quien viene a buscarme.
Para otros, en tanto, la muerte no es más que una vulgar puta que persuade a los hambrientos y succiona hasta el alma.
En todo caso, no caeré en reflexiones inoficiosas y no tendré la sutileza de averiguar cual aproximación se acerca más a la verdad. No hay voluntad para ello. Tampoco hay tiempo para saber cómo enfrentarla. Y es que han tocado a la puerta y es ella quien viene a buscarme.
Inoportuna lluvia
Refugiado en el mismo restaurante de siempre, espero a que lleguen. Esta vez me he sentado en la mejor mesa, la más iluminada, intentando asegurar ser visto apenas ingresen al local.
La espera la hago acompañado de un café cargado y un libro de poemas desquiciados, que cada día que pasa me describen con mayor agudeza. Le lectura no es fluida. Eso no importa. Es mejor así. La lectura es sólo un alivio para la desesperante espera por este reencuentro.
Y es así como cada vez que se abre la puerta del restaurante levanto presuroso la vista, esperanzado de verlas entrar, invadiéndome luego en cada acto la desazón, pues mi mirada se pierde en otros rostros, en otros cuerpos y al final, se queda atrapando el vacío que deja la puerta entre abierta.
Y mientras voy sumando tazas de café, el gran reloj adosado a la pared me dice que las horas han transcurrido en vano. Si lo miro bien, veo que sus punteros forman una gran boca que se ríe de mi lastimosa espera.
Huyendo del tiempo, intento distraerme mirando hacia el ventanal. Afuera llueve y pienso que quizás eso las ha retrasado. La lluvia es copiosa, incesante y fría. Quienes se han visto sorprendidos con las precipitaciones, corren de un lado a otro, como si con dicho esfuerzo se mojaran menos. Brincan como niños para no caer en las desafortunadas pozas y para no ser alcanzados por el agua que arroja el paso de los automóviles. Es un espectáculo casi circense, pero que no me hace sonreír. Todo lo contrario. Me entristece la indefensión del ser humano. Ya casi nada me hace sonreir.
El olor a humedad se cuela por las rendijas del ventanal. Es intenso. Me recuerda a mi infancia cuando jugaba a la pelota en calles mojadas y cuando mamá se preocupaba de cambiarme la ropa húmeda. Ahora, cuando adulto, cuando ya he andado la mitad del camino, la lluvia me invita a buscar un lecho para dormirme hasta el día siguiente. Ese es mi horizonte más lejano cada día.
-Quizás la lluvia no les permitió llegar a la cita-, me digo, tratando de convencerme de que su ausencia no es un desprecio sino que una zancadilla del destino y para lo cual hay una buena excusa.
A esta hora, ya he cambiado los cafés por el alcohol. Y es que la incertidumbre me angustia, termina abatiéndome y me acerca peligrosamente a abandonar el formalismo. A esta hora ya he roto la promesa de no volver a beber delante de ellas. A esta hora en que no aparecen, prefiero el alcohol a la cafeína, en un intento casi desesperado de evadirme de la realidad, esa donde no aparezco junto a ellas, esa realidad en que estoy más muerto que vivo.
El dependiente del restaurante me mira con compasión. Soy el único cliente que ha estado toda la mañana sentado en el mismo lugar, bebiendo café, ahora vodka, mirando la puerta a cada instante, el libro, el reloj de la pared y el ventanal. Los otros clientes han ido rotando. Yo, en cambio me mantengo aferrado a mi silla, como si fuera una tabla de salvación en medio de un mar de desilusión y tristeza. El me conoce. Sabe de mi cita con ellas y al parecer, también tiene la certeza de que no llegarán.
Seguramente mis ojos vidriosos de tanto resistir el llanto y enrojecidos por el alcohol, me delatan como un perdedor, como un hombre que se ha quedado solo, abandonado por fuera y por dentro. Ella, aburrida de mis locuras y desamor, buscó horizontes más prósperos, cariño sin mezquindades y una vida sin sobresaltos en lo económico y emocional. No es su culpa, por cierto que no. Y es que debe ser difícil estar con alguien inconstante, soñador y que no tiene la seguridad de llegar con dinero a casa.
El dolor de su partida aún me hiere y sino fuera por las tres pequeñas existencias que invadieron de pronto mi vida, ciertamente me habría despachado de esta sucia realidad. Ellas se convirtieron en mi cable a tierra, en mi sintonía con el presente y contuvieron más de una vez mis ganas de jalar el gatillo. Las vi crecer, las amé a mi manera y ellas me vieron envejecer y me amaron también a su manera.
En los últimos años nos habíamos distanciado físicamente, por mi ocupación, mi desvarío, su crecimiento, sus intereses.
Hoy nos íbamos a reencontrar. Hoy nos volveríamos a abrazar. Nos miraríamos nuevamente a los ojos. La cita era en el restaurante de siempre, ese que cuando niñas visitamos varias veces.
La cita era a las 10:00 horas. Ahora son las 21:00 horas y en mi mesa he acumulado cuatro tazas de café y tres botellas de vodka y dos de ginebra. El dependiente me mira con lastima y me dice a la distancia que parece que ya no llegarán.
Como puedo, saco de mi abrigo una foto que había traído para enseñársela a ellas y la dejo sobre la mesa, junto con el dinero del consumo. Camino hasta la puerta del local. Veo que sigue lloviendo y me digo una vez más “talvez la lluvia impidió que mis hijas llegaran”.
La espera la hago acompañado de un café cargado y un libro de poemas desquiciados, que cada día que pasa me describen con mayor agudeza. Le lectura no es fluida. Eso no importa. Es mejor así. La lectura es sólo un alivio para la desesperante espera por este reencuentro.
Y es así como cada vez que se abre la puerta del restaurante levanto presuroso la vista, esperanzado de verlas entrar, invadiéndome luego en cada acto la desazón, pues mi mirada se pierde en otros rostros, en otros cuerpos y al final, se queda atrapando el vacío que deja la puerta entre abierta.
Y mientras voy sumando tazas de café, el gran reloj adosado a la pared me dice que las horas han transcurrido en vano. Si lo miro bien, veo que sus punteros forman una gran boca que se ríe de mi lastimosa espera.
Huyendo del tiempo, intento distraerme mirando hacia el ventanal. Afuera llueve y pienso que quizás eso las ha retrasado. La lluvia es copiosa, incesante y fría. Quienes se han visto sorprendidos con las precipitaciones, corren de un lado a otro, como si con dicho esfuerzo se mojaran menos. Brincan como niños para no caer en las desafortunadas pozas y para no ser alcanzados por el agua que arroja el paso de los automóviles. Es un espectáculo casi circense, pero que no me hace sonreír. Todo lo contrario. Me entristece la indefensión del ser humano. Ya casi nada me hace sonreir.
El olor a humedad se cuela por las rendijas del ventanal. Es intenso. Me recuerda a mi infancia cuando jugaba a la pelota en calles mojadas y cuando mamá se preocupaba de cambiarme la ropa húmeda. Ahora, cuando adulto, cuando ya he andado la mitad del camino, la lluvia me invita a buscar un lecho para dormirme hasta el día siguiente. Ese es mi horizonte más lejano cada día.
-Quizás la lluvia no les permitió llegar a la cita-, me digo, tratando de convencerme de que su ausencia no es un desprecio sino que una zancadilla del destino y para lo cual hay una buena excusa.
A esta hora, ya he cambiado los cafés por el alcohol. Y es que la incertidumbre me angustia, termina abatiéndome y me acerca peligrosamente a abandonar el formalismo. A esta hora ya he roto la promesa de no volver a beber delante de ellas. A esta hora en que no aparecen, prefiero el alcohol a la cafeína, en un intento casi desesperado de evadirme de la realidad, esa donde no aparezco junto a ellas, esa realidad en que estoy más muerto que vivo.
El dependiente del restaurante me mira con compasión. Soy el único cliente que ha estado toda la mañana sentado en el mismo lugar, bebiendo café, ahora vodka, mirando la puerta a cada instante, el libro, el reloj de la pared y el ventanal. Los otros clientes han ido rotando. Yo, en cambio me mantengo aferrado a mi silla, como si fuera una tabla de salvación en medio de un mar de desilusión y tristeza. El me conoce. Sabe de mi cita con ellas y al parecer, también tiene la certeza de que no llegarán.
Seguramente mis ojos vidriosos de tanto resistir el llanto y enrojecidos por el alcohol, me delatan como un perdedor, como un hombre que se ha quedado solo, abandonado por fuera y por dentro. Ella, aburrida de mis locuras y desamor, buscó horizontes más prósperos, cariño sin mezquindades y una vida sin sobresaltos en lo económico y emocional. No es su culpa, por cierto que no. Y es que debe ser difícil estar con alguien inconstante, soñador y que no tiene la seguridad de llegar con dinero a casa.
El dolor de su partida aún me hiere y sino fuera por las tres pequeñas existencias que invadieron de pronto mi vida, ciertamente me habría despachado de esta sucia realidad. Ellas se convirtieron en mi cable a tierra, en mi sintonía con el presente y contuvieron más de una vez mis ganas de jalar el gatillo. Las vi crecer, las amé a mi manera y ellas me vieron envejecer y me amaron también a su manera.
En los últimos años nos habíamos distanciado físicamente, por mi ocupación, mi desvarío, su crecimiento, sus intereses.
Hoy nos íbamos a reencontrar. Hoy nos volveríamos a abrazar. Nos miraríamos nuevamente a los ojos. La cita era en el restaurante de siempre, ese que cuando niñas visitamos varias veces.
La cita era a las 10:00 horas. Ahora son las 21:00 horas y en mi mesa he acumulado cuatro tazas de café y tres botellas de vodka y dos de ginebra. El dependiente me mira con lastima y me dice a la distancia que parece que ya no llegarán.
Como puedo, saco de mi abrigo una foto que había traído para enseñársela a ellas y la dejo sobre la mesa, junto con el dinero del consumo. Camino hasta la puerta del local. Veo que sigue lloviendo y me digo una vez más “talvez la lluvia impidió que mis hijas llegaran”.
Catedral
Sentado en un desvencijado banco de la plaza -la misma que antaño sirvió para separar a ricos y pobres y que hace una década nos vio salir de la Catedral tomados del brazo-, te recuerdo frenéticamente. Y no es una remembranza afable, es una que lastima, que hiere adentro. Es un ejercicio involuntario e inevitable. Ahora con mil batallas en mi primera y segunda piel y con el corazón maltratado, busco tus ojos en mi acostumbrada mala memoria. Esos ojos miel que siempre me hablaron con la verdad y me amaron profundamente. Esos ojos que se cruzaron con los míos en un lúdico y sorprendente destino que nada explica, pero que todo ofrece.
Evoco tu risa nerviosa, esa que te delataba cuando cometías alguna travesura y con la cual buscaban mi complicidad. Recuerdo tus manos cálidas, esas que me acariciaban el rostro, hurgando en silencio alguna explicación. Rememoro el aroma de tu piel, ese que despertaba mis sentidos aún cuando dormía y me conducía a lugares recónditos.
Y mientras me dejo arrastrar por los recuerdos, más profunda se vuelve mi soledad. Y mientras zozobro en mares inmensos, castigado por los sueños y experiencias vividas, levanto la vista del mugriento piso y miro otra vez a la iglesia, buscando salvación, en medio de la rabia y la incomprensión. Y te vuelvo a ver salir del templo, pero esta vez caminas sola y sin mirar atrás.
Evoco tu risa nerviosa, esa que te delataba cuando cometías alguna travesura y con la cual buscaban mi complicidad. Recuerdo tus manos cálidas, esas que me acariciaban el rostro, hurgando en silencio alguna explicación. Rememoro el aroma de tu piel, ese que despertaba mis sentidos aún cuando dormía y me conducía a lugares recónditos.
Y mientras me dejo arrastrar por los recuerdos, más profunda se vuelve mi soledad. Y mientras zozobro en mares inmensos, castigado por los sueños y experiencias vividas, levanto la vista del mugriento piso y miro otra vez a la iglesia, buscando salvación, en medio de la rabia y la incomprensión. Y te vuelvo a ver salir del templo, pero esta vez caminas sola y sin mirar atrás.
Invencible
Sabe que no es súper hombre, pero se siente invencible para el devorador sistema. Le gusta caminar entre los persas sintiendo el pulso de la vida, mirar esos ojos enrojecidos por el cansancio y el alcohol y a la vez, esperanzados de alcanzar algún día el bienestar, ese del que hablan en televisión y en los diarios. Le gusta andar en micro para sentir el chirreante ruido de la máquina que lo mantiene despierto y no dormirse en cómodas butacas de cuero de lujosos automóviles que terminan por silenciar hasta el cerebro.
Le gusta sentir el aire frío en el rostro para sentirse vivo, respirar fuera de la oficina y caminar sin cadenas ni marcas en la frente. Le gusta sentirse invencible, hasta que la muerte se atreva a desafiarlo a duelo.
Le gusta sentir el aire frío en el rostro para sentirse vivo, respirar fuera de la oficina y caminar sin cadenas ni marcas en la frente. Le gusta sentirse invencible, hasta que la muerte se atreva a desafiarlo a duelo.
Ahí estaré
Ahí estaré para ti. Ahí estaré para matar las arañas que tanto te aterrorizan. Ahí estaré para atrapar los zancudos que por las noches no te dejan en paz y se ensañan maliciosamente con tu suave piel. Ahí estaré para llevarte por las mañanas el ansiado jugo de naranja. Ahí estaré para acompañarte viendo los viejos programas de televisión y escuchar una y otra vez las canciones de revolución y libertad. Ahí estaré si me ayudas a salir de este duro y estrecho cajón o si me invocas en tus sueños.
En el borde
En el borde de la vida no quedan sentimientos y si hubiera algunos, estos ya son inútiles. Sólo palabras sueltas invaden las horas del preludio fatal y ya no sirve disfrazarse de ser arrepentido y moralmente correcto.
En el borde de la conciencia se juega a la verdad y la mentira y no hay oportunidad para girar en 180 grados y mofarse de la incredulidad.
En el borde de la razón, todo es oscuro y perturbador, el pensamiento alcanza el límite y es difícil y peligroso decir sí, menos aún cuando no hay otra opción.
En el borde de la humanidad, sin hablar, se escuchan voces extrañas y lejanas y sin mirar, se ven hombres y mujeres recogiendo migajas de dignidad. El petitorio es extenso, cargado de ruegos y favores que se cuelan por una rendija de la puerta final, la que permanece cerrada.
El miserable espectáculo me remonta a mi pasado más inmediato, donde hay lágrimas que no acaban y gritos que se callan.
En el borde de la tolerancia, el monstruo del rechazo devora nuestras últimas cuotas de prudencia y empatía y nos revela una vez más, como seres ambiciosos de poder y desesperados por vivir, cuando lo que queda es morir.
En el borde del tiempo, sólo resta abrir los ojos y luego cerrarlos para siempre. Ya no hay espacio ni fuerzas para una línea más.
En el borde de la conciencia se juega a la verdad y la mentira y no hay oportunidad para girar en 180 grados y mofarse de la incredulidad.
En el borde de la razón, todo es oscuro y perturbador, el pensamiento alcanza el límite y es difícil y peligroso decir sí, menos aún cuando no hay otra opción.
En el borde de la humanidad, sin hablar, se escuchan voces extrañas y lejanas y sin mirar, se ven hombres y mujeres recogiendo migajas de dignidad. El petitorio es extenso, cargado de ruegos y favores que se cuelan por una rendija de la puerta final, la que permanece cerrada.
El miserable espectáculo me remonta a mi pasado más inmediato, donde hay lágrimas que no acaban y gritos que se callan.
En el borde de la tolerancia, el monstruo del rechazo devora nuestras últimas cuotas de prudencia y empatía y nos revela una vez más, como seres ambiciosos de poder y desesperados por vivir, cuando lo que queda es morir.
En el borde del tiempo, sólo resta abrir los ojos y luego cerrarlos para siempre. Ya no hay espacio ni fuerzas para una línea más.
En casa espero
No logro aislarme. No logro dejar de pensar en ella. Cierro los ojos y veo su rostro cándido y perverso a la vez. No he querido encender la luz. No hace falta que lo haga para ver mi autodestrucción. En medio de la oscuridad aparecen sus labios rojos y húmedos y trato de no imaginar cuantas bocas besará hoy. En mis manos siento su piel que en unos minutos más estará sobre otra piel, sacudiéndose y ofertando cuotas de placer.
Quisiera no volver a pensar en ella. Quisiera no volver a recordarla, pero termino derrotado en cada batalla.
Confieso que he intentado zafarme de su presencia, pero su influencia es mayor y termina por redimirme.
Y caigo de rodillas, una y otra vez, y con las manos me cubro los ojos en un intento por esconder el rostro, mientras temerarias lágrimas se lanzan al vacío. Un ritual que vengo practicando desde hace tiempo, con la esperanza de algún día dejar de sentir dolor.
Y mientras me esmero por desviar mi mente hacia otros caminos, buscando algunos excesos para no seguir soportando el calvario de imaginar que estará haciendo, no dejo de ver su rostro, escuchar su voz y evocar sus movimientos.
Y siento que la cabeza se me parte en dos o quizás mil pedazos y el pecho se me hunde, mientras debo conformarme con su oficio y su venta de sexo por dinero.
Y siento que se me acaba el aire cada vez que la imagino en alguna sucia cama de un hotel barato o el asiento trasero de un automóvil.
¿Cuántos morderán sus labios hoy? ¿Cuántos lamerán su piel como animales en celo, jurándole amor eterno, pero sabiendo que no es más que una mercancía? ¿Cuántos clientes habrá esta noche?
Y mientras estas preguntas rebotan en mi mente como un bombardeo suicida que no busca salvación sino que devastación, me hago sin más remedio compañero de viaje de Villon, en la senda de la perversión.
Miro de reojo la valentía y la cordura y me dejo arrastrar vilmente por la comodidad de saber que llegará con dinero, maloliente, pero dinero al fin y al cabo, con el que podré seguir financiando mis vicios.
La historia se repite todas las noches como si fuera una pesadilla de la que no puedo despertar. Y los gemidos y susurros al oído de extraños me persiguen por toda la casa. En las paredes se dibujan siluetas que se burlan de mi. Se que si observo bien, aún sin luz, encontraré su cuerpo. Prefiero hacerme el distraído y seguir caminando sin mirar atrás. Prefiero tratar de dormirme y despertar por la mañana cuando sienta sus pasos al llegar a casa.
Quisiera no volver a pensar en ella. Quisiera no volver a recordarla, pero termino derrotado en cada batalla.
Confieso que he intentado zafarme de su presencia, pero su influencia es mayor y termina por redimirme.
Y caigo de rodillas, una y otra vez, y con las manos me cubro los ojos en un intento por esconder el rostro, mientras temerarias lágrimas se lanzan al vacío. Un ritual que vengo practicando desde hace tiempo, con la esperanza de algún día dejar de sentir dolor.
Y mientras me esmero por desviar mi mente hacia otros caminos, buscando algunos excesos para no seguir soportando el calvario de imaginar que estará haciendo, no dejo de ver su rostro, escuchar su voz y evocar sus movimientos.
Y siento que la cabeza se me parte en dos o quizás mil pedazos y el pecho se me hunde, mientras debo conformarme con su oficio y su venta de sexo por dinero.
Y siento que se me acaba el aire cada vez que la imagino en alguna sucia cama de un hotel barato o el asiento trasero de un automóvil.
¿Cuántos morderán sus labios hoy? ¿Cuántos lamerán su piel como animales en celo, jurándole amor eterno, pero sabiendo que no es más que una mercancía? ¿Cuántos clientes habrá esta noche?
Y mientras estas preguntas rebotan en mi mente como un bombardeo suicida que no busca salvación sino que devastación, me hago sin más remedio compañero de viaje de Villon, en la senda de la perversión.
Miro de reojo la valentía y la cordura y me dejo arrastrar vilmente por la comodidad de saber que llegará con dinero, maloliente, pero dinero al fin y al cabo, con el que podré seguir financiando mis vicios.
La historia se repite todas las noches como si fuera una pesadilla de la que no puedo despertar. Y los gemidos y susurros al oído de extraños me persiguen por toda la casa. En las paredes se dibujan siluetas que se burlan de mi. Se que si observo bien, aún sin luz, encontraré su cuerpo. Prefiero hacerme el distraído y seguir caminando sin mirar atrás. Prefiero tratar de dormirme y despertar por la mañana cuando sienta sus pasos al llegar a casa.
lunes, 8 de octubre de 2007
Esa noche
Esa noche abracé la noche, me hice cómplice de la oscuridad y del silencio. Esa noche dejé que el frío se colara en mi cuerpo. Esa noche dejé que mis pies me guiaran sin orden, sin razón, sólo por el instinto de huir lejos. Esa noche no temí por mi vida, es más, estuve dispuesto a darla por encontrar la tuya.
Esa noche no vi rostros, pero me hablaron al oído. Desde arriba y abajo trataron de convencerme que renunciara a mi desvarío y peregrinaje sin mayor lógica. Quisieron que me encausara en el camino del servilismo y renunciara a la autonomía de mis pasos.
Esa noche las sombras siguieron siendo sombras y sólo la luna y desamparados perros fueron testigos de mi vagancia.
Esa noche busqué desahogo en mi propio ahogo. Esa noche busqué intimidad en mi más profunda soledad, esa que contiene mi desborde de locura. Sólo mi respiración agitada me delató como el hombre agónico que esa noche murió un poco, un poco más.
Esa noche no vi rostros, pero me hablaron al oído. Desde arriba y abajo trataron de convencerme que renunciara a mi desvarío y peregrinaje sin mayor lógica. Quisieron que me encausara en el camino del servilismo y renunciara a la autonomía de mis pasos.
Esa noche las sombras siguieron siendo sombras y sólo la luna y desamparados perros fueron testigos de mi vagancia.
Esa noche busqué desahogo en mi propio ahogo. Esa noche busqué intimidad en mi más profunda soledad, esa que contiene mi desborde de locura. Sólo mi respiración agitada me delató como el hombre agónico que esa noche murió un poco, un poco más.
Y tú que nada haces
El mundo se descara a tu alrededor y simulas estar distraído. ¿Por qué bajas la mirada? ¿Por qué te niegas a escuchar? ¿Por qué prefieres callar?
La muerte te sopla el rostro y aparentas no sentir su gélido aliento que, sabes muy bien, estremece tu segunda piel. El dolor golpea tu puerta y te vuelves ausente para no abrir. Y ves pasar frente a tu ventana a los jinetes apocalípticos y no los enfrentas. Huyes. Te escondes.
¿A qué tienes miedo? ¿A ser una víctima más de la matanza?
Cambiaron el aire por odio y poco te importa llenarte los pulmones de veneno. Todos quieren poder para satisfacer su hedonista estilo de vida y tú decides encerrarte en tu cuerpo que no termina y que todavía aguanta placeres y traiciones. Es más seguro. Es más conveniente.
Ante el abuso terminas obedeciendo, volviéndote un cobarde cómplice de las atrocidades cometidas y de las que están por ocurrir, abriendo por cierto nuevas heridas en la historia, heridas de las que, sin duda alguna, no te harás cargo. Estás disponible para cuanta farsa inventen los opresores, con tal de que tu piel esté a salvo de la devastación y tengas pan para comer.
Te acomodas en el engranaje de la explotación, en la vereda del castigador y siempre cuidando no caer en el extremo más frágil de la balanza para no sucumbir como tantos otros con menos influencia.
Cada acto, cada movimiento, cada pensamiento está calculado fríamente para no ser presa fácil de la voracidad de unos pocos y de la ingenuidad permisiva de los otros.
No hay arrepentimientos, no hay vista atrás. No hay conciencia. Sólo importa bailar la música impuesta y asentir las órdenes por brutales que éstas puedan ser.
Prefieres renunciar al coraje y la dignidad a cambio de conseguir prórrogas de vida.
Sin embargo, el fin irremediablemente llegará, también para ti. En ese instante más te vale ser fuerte para soportar el remezón.
La muerte te sopla el rostro y aparentas no sentir su gélido aliento que, sabes muy bien, estremece tu segunda piel. El dolor golpea tu puerta y te vuelves ausente para no abrir. Y ves pasar frente a tu ventana a los jinetes apocalípticos y no los enfrentas. Huyes. Te escondes.
¿A qué tienes miedo? ¿A ser una víctima más de la matanza?
Cambiaron el aire por odio y poco te importa llenarte los pulmones de veneno. Todos quieren poder para satisfacer su hedonista estilo de vida y tú decides encerrarte en tu cuerpo que no termina y que todavía aguanta placeres y traiciones. Es más seguro. Es más conveniente.
Ante el abuso terminas obedeciendo, volviéndote un cobarde cómplice de las atrocidades cometidas y de las que están por ocurrir, abriendo por cierto nuevas heridas en la historia, heridas de las que, sin duda alguna, no te harás cargo. Estás disponible para cuanta farsa inventen los opresores, con tal de que tu piel esté a salvo de la devastación y tengas pan para comer.
Te acomodas en el engranaje de la explotación, en la vereda del castigador y siempre cuidando no caer en el extremo más frágil de la balanza para no sucumbir como tantos otros con menos influencia.
Cada acto, cada movimiento, cada pensamiento está calculado fríamente para no ser presa fácil de la voracidad de unos pocos y de la ingenuidad permisiva de los otros.
No hay arrepentimientos, no hay vista atrás. No hay conciencia. Sólo importa bailar la música impuesta y asentir las órdenes por brutales que éstas puedan ser.
Prefieres renunciar al coraje y la dignidad a cambio de conseguir prórrogas de vida.
Sin embargo, el fin irremediablemente llegará, también para ti. En ese instante más te vale ser fuerte para soportar el remezón.
En tus manos
Mi ordinaria humanidad me distancia de tus gustos y deseos. Mi miserable vida me aparta de lo que tú crees más sagrado. Mi caminar sobre el fuego no encuentra comprensión en ti, a pesar de las heridas afuera y adentro.
Mi desvarío incomoda, asusta y te coloca en alerta frente a tanta estupidez.
Y a pesar de todo esto, te atreves a seguir cerca de mí. No renuncias a cuidarme y tratar de amarme. No abandonas este molesto bulto y aún cuando tus pies se vuelven más lentos, decides no aliviarte de la carga.
Pese a sentir miedo y angustia, te aferras a tu cruz y estás tan cerca de Dios que buscas caridad para este
animal.
En tus manos está mi vida, pues en mi caótica existencia he perdido todo, hasta la voluntad de colocarme de pie y seguir caminando.
Mi desvarío incomoda, asusta y te coloca en alerta frente a tanta estupidez.
Y a pesar de todo esto, te atreves a seguir cerca de mí. No renuncias a cuidarme y tratar de amarme. No abandonas este molesto bulto y aún cuando tus pies se vuelven más lentos, decides no aliviarte de la carga.
Pese a sentir miedo y angustia, te aferras a tu cruz y estás tan cerca de Dios que buscas caridad para este
animal.
En tus manos está mi vida, pues en mi caótica existencia he perdido todo, hasta la voluntad de colocarme de pie y seguir caminando.
Caída libre
Si me miras a los ojos verás los de un animal abandonado, maltratado y desesperanzado, los de un perro apaleado y hambriento y que por ello, al mismo tiempo puede tornarse violento, peligrosamente violento.
Sin embargo, no busco pelea, venganza ni compasión. Tampoco busco razón donde no la hay.
Preso de mis recuerdos y frustraciones caigo en un estado de angustia interior, donde nada parece importar más que levantarse por las mañanas y no dejar de respirar.
Ni siquiera tu cuerpo, ni las fantasías de saborearlo una y otra vez, por la noche, de madrugada, a cualquier hora y lugar, logran reanimar a este difunto.
Ni siquiera el olor de tu piel consigue entusiasmarme para que bese tu cuello y deje avanzar mis manos sobre tus pechos.
Encerrado en mi habitación pierdo la noción del tiempo. Ignoro que día es y no deseo saberlo. Temo que el conocimiento del paso de las horas y los números en el calendario me señalen con certeza la cuenta regresiva. Prefiero hacerme el distraído y tratar de engañar a mi propia conciencia.
Espero tener más suerte en esta misión que la última vez que jugué a los dados con Dios, ocasión en la que perdí rotundamente. Luego, supe que para desafiar a Dios hay que hacerlo con dados cargados. Y es que sin ventaja no se puede intentar ganar.
Y si la locura me parece una condición fascinante, ello no es un desquicio en si mismo, pues se me presenta como un escenario favorable en medio de la miseria y tristeza más aguda de la condición humana.
La locura no sabe a derrota ni traición. La locura abraza con fuerza como una madre que ama profundamente a su hijo. La locura te toma de la mano y te conduce por insospechados caminos en los que da lo mismo ir con los ojos abiertos o cerrados. La realidad tangible se vuelve imperceptible y no sabes si es mejor reir o colocarse a llorar. Es simplemente una caída libre y donde el límite es el mismo suelo, contra el que temprano o tarde tendrás que estrellarte sin volver a reincorporarte nunca más.
Si estas palabras te molestan y te saben a lejanía, mejor sigue de largo y no las repases. Mejor ocupa tu tiempo en comprar y murmurar.
Sin embargo, no busco pelea, venganza ni compasión. Tampoco busco razón donde no la hay.
Preso de mis recuerdos y frustraciones caigo en un estado de angustia interior, donde nada parece importar más que levantarse por las mañanas y no dejar de respirar.
Ni siquiera tu cuerpo, ni las fantasías de saborearlo una y otra vez, por la noche, de madrugada, a cualquier hora y lugar, logran reanimar a este difunto.
Ni siquiera el olor de tu piel consigue entusiasmarme para que bese tu cuello y deje avanzar mis manos sobre tus pechos.
Encerrado en mi habitación pierdo la noción del tiempo. Ignoro que día es y no deseo saberlo. Temo que el conocimiento del paso de las horas y los números en el calendario me señalen con certeza la cuenta regresiva. Prefiero hacerme el distraído y tratar de engañar a mi propia conciencia.
Espero tener más suerte en esta misión que la última vez que jugué a los dados con Dios, ocasión en la que perdí rotundamente. Luego, supe que para desafiar a Dios hay que hacerlo con dados cargados. Y es que sin ventaja no se puede intentar ganar.
Y si la locura me parece una condición fascinante, ello no es un desquicio en si mismo, pues se me presenta como un escenario favorable en medio de la miseria y tristeza más aguda de la condición humana.
La locura no sabe a derrota ni traición. La locura abraza con fuerza como una madre que ama profundamente a su hijo. La locura te toma de la mano y te conduce por insospechados caminos en los que da lo mismo ir con los ojos abiertos o cerrados. La realidad tangible se vuelve imperceptible y no sabes si es mejor reir o colocarse a llorar. Es simplemente una caída libre y donde el límite es el mismo suelo, contra el que temprano o tarde tendrás que estrellarte sin volver a reincorporarte nunca más.
Si estas palabras te molestan y te saben a lejanía, mejor sigue de largo y no las repases. Mejor ocupa tu tiempo en comprar y murmurar.
miércoles, 27 de junio de 2007
Mejor cierro los ojos
Cierro los ojos y apareces. Te veo caminar descalza sobre las estrellas, en jardines infinitos. Llevas sólo puesto un vestido y se muy bien lo que éste oculta, pues tu cuerpo lo he probado mil veces como el más sugerente manjar. El sol ilumina tus pasos y entibia tu piel, como tantas veces deseaste.
Caminas sigilosamente y de cuando en cuando me vigilas de reojo, invitándome a seguir tu procesión. Juegas a seducirme y yo me acobardo. Me freno y te dejo ir, una y otra vez.
Abro lo ojos y veo tu nombre esculpido sobre el frío mármol. Hay silencio profundo, hay muerte. En mis manos sostengo tus flores predilectas y son para amarte a la distancia.
Mejor cierro los ojos.
Caminas sigilosamente y de cuando en cuando me vigilas de reojo, invitándome a seguir tu procesión. Juegas a seducirme y yo me acobardo. Me freno y te dejo ir, una y otra vez.
Abro lo ojos y veo tu nombre esculpido sobre el frío mármol. Hay silencio profundo, hay muerte. En mis manos sostengo tus flores predilectas y son para amarte a la distancia.
Mejor cierro los ojos.
Santiago
A la ciudad de Santiago ya no la veo, pero se que sigue ahí. Tus ojos tampoco los he vuelto a mirar, pero de todos modos se que continúas en la capital. Y me pregunto con quién caminarás ahora por las callejuelas devoradas por modernos y fríos edificios, esquivando borrachos, piratas y lanzas. Me pregunto con quien ahora alimentarás la esperanza de conseguir una oportunidad en la gran ciudad, ofreciendo hasta tu cuerpo para ello, con tal de arrancar de tu piel la raíz provinciana. Y me pregunto si aún seguirás soñando con Santiago.
Te soñé
Hoy te soñé. Te imaginé blanca y luminosa. Tu cabello desordenado, el aroma de tu piel que no tiene otra piel y el sabor de tus labios que no es posible encontrar en otros labios. Te sentí llegar despacio, temblorosa y frágil, para no molestarme. Te acercaste buscando mi abrigo y mi locura, que son las pocas cosas que poseo y que te ofrezco completamente.
Me hablaste dulce, melodioso, al oído, en el pecho, en la cara y no fui capaz de responder.
Creí que dormía, creí que te soñaba. Traté de gritar, pero sólo me quedé en el intento como en tantas otras situaciones. No sé si fue una ilusión, si fue sólo una jugarreta más de mi maldita imaginación, pero desperté cuando reíste al cerrar la puerta de la habitación.
Me hablaste dulce, melodioso, al oído, en el pecho, en la cara y no fui capaz de responder.
Creí que dormía, creí que te soñaba. Traté de gritar, pero sólo me quedé en el intento como en tantas otras situaciones. No sé si fue una ilusión, si fue sólo una jugarreta más de mi maldita imaginación, pero desperté cuando reíste al cerrar la puerta de la habitación.
Al dictador
Y mientras el dictador me zamarrea con sus órdenes y apremios, me congelo un momento y pienso que me gustaría despertar cuando me traten de comer los gusanos o en medio del sigiloso tránsito de las arañas por mi cuerpo.
Y mientras el dictador sigue disparando bravatas, salpicando saliva, con su rostro enrojecido y las venas a punto de estallar, estoy dispuesto a pisotear el cuarto mandamiento y botarlo de un solo puñetazo.
Y mientras el dictador continúa alardeando, empuño mi diestra y me preparo para hacer justicia por mis propias manos, para cambiar la historia, para poner fin al calvario.
Y mientras el dictador sigue disparando bravatas, salpicando saliva, con su rostro enrojecido y las venas a punto de estallar, estoy dispuesto a pisotear el cuarto mandamiento y botarlo de un solo puñetazo.
Y mientras el dictador continúa alardeando, empuño mi diestra y me preparo para hacer justicia por mis propias manos, para cambiar la historia, para poner fin al calvario.
Ella
Ella me salva. Ella enciende demonios en mi cabeza. Ella me llena de contradicciones y desata los más perturbadores pensamientos. Cómo evitar amarla cuando me habla al oído, cuando sus ojos me lo piden, cuando sus labios saben dulces como una fruta.
Sin embargo, cómo no querer matarla cuando deja de mirarme, cuando habla con otros, cuando decide mentirle a su corazón y huye de mi lado.
Ella ahora está lejos y yo en silencio, como muerto. He prometido no volver a nombrarla. Creo que es mejor no saber más de ella, aún cuando mi memoria traicionera se empecina en demostrarme lo contrario. Y es que no puedo evitar recordar las horas que vivimos. Cuando sus ojos buscaron la complicidad de los míos, cuando nuestras manos se enredaron desordenadamente, cuando su piel entibiaba la mía y yo pensaba que nuestros abrazos eran eternos. Y es que nuestros cuerpos calzaban a la perfección -siempre se lo dije- como dos piezas de un gran puzzle y que no tienen otra combinación posible.
Y ya estoy hablando de ella, pero sin nombrarla. Los recuerdos me azotan de manera incesante y no me dejan escapar de su existencia. Esas veces en que no era necesario hablar. Nuestros ojos se encargaban de ello y nuestras bocas y manos, del resto. Esas veces que nos reímos del tiempo, del día, la noche y nos amamos sin apuro ni recriminaciones. Esas veces que le dimos la espalda al mundo y nos confundimos en una misma respiración y en un mismo deseo. Esas veces que nos prometimos eterna compañía, más allá de la vida y de la muerte.
Su figura vuelve a aparecer, nublando mis ojos y mi mente. En mi cabeza emergen fantasmas y deseos abrumadores de terminar con su vida o talvez con la mía. Su rostro, el mío, su divina sonrisa, mi boca cerrada, sus ojos lúdicos y hasta inocentes y mi mirada perversa, se vuelven pólvora y me hacen coger una y otra vez el arma.
Y cuando la sostengo con mi diestra, coloco el cañón pegado a mi sien. Un ritual que vengo realizando hace unos días, desde que su recuerdo me salva y me manda al infierno. Me ha faltado valor, me ha faltado locura, me ha faltado odio para jalar el gatillo. Pero estoy dispuesto a poner a prueba mi coraje y mis desquicios una y otra vez. Estoy decidido a seguir practicando.
Sin embargo, cómo no querer matarla cuando deja de mirarme, cuando habla con otros, cuando decide mentirle a su corazón y huye de mi lado.
Ella ahora está lejos y yo en silencio, como muerto. He prometido no volver a nombrarla. Creo que es mejor no saber más de ella, aún cuando mi memoria traicionera se empecina en demostrarme lo contrario. Y es que no puedo evitar recordar las horas que vivimos. Cuando sus ojos buscaron la complicidad de los míos, cuando nuestras manos se enredaron desordenadamente, cuando su piel entibiaba la mía y yo pensaba que nuestros abrazos eran eternos. Y es que nuestros cuerpos calzaban a la perfección -siempre se lo dije- como dos piezas de un gran puzzle y que no tienen otra combinación posible.
Y ya estoy hablando de ella, pero sin nombrarla. Los recuerdos me azotan de manera incesante y no me dejan escapar de su existencia. Esas veces en que no era necesario hablar. Nuestros ojos se encargaban de ello y nuestras bocas y manos, del resto. Esas veces que nos reímos del tiempo, del día, la noche y nos amamos sin apuro ni recriminaciones. Esas veces que le dimos la espalda al mundo y nos confundimos en una misma respiración y en un mismo deseo. Esas veces que nos prometimos eterna compañía, más allá de la vida y de la muerte.
Su figura vuelve a aparecer, nublando mis ojos y mi mente. En mi cabeza emergen fantasmas y deseos abrumadores de terminar con su vida o talvez con la mía. Su rostro, el mío, su divina sonrisa, mi boca cerrada, sus ojos lúdicos y hasta inocentes y mi mirada perversa, se vuelven pólvora y me hacen coger una y otra vez el arma.
Y cuando la sostengo con mi diestra, coloco el cañón pegado a mi sien. Un ritual que vengo realizando hace unos días, desde que su recuerdo me salva y me manda al infierno. Me ha faltado valor, me ha faltado locura, me ha faltado odio para jalar el gatillo. Pero estoy dispuesto a poner a prueba mi coraje y mis desquicios una y otra vez. Estoy decidido a seguir practicando.
martes, 26 de junio de 2007
Adiós
Acabas de colgar y de decir adiós. Y se me abalanza el silencio. Uno profundo, uno hiriente y castigador. Me envuelve, me atrapa, me invade. Entra por mi boca, me aprieta el pecho y no encuentra salida. Ensordezco, enmudezco y clavo la mirada en un muro, donde veo aparecer tu nombre para luego ser testigo de su desvanecimiento como si tratara de un malicioso truco de magia.
Y me quedo esperando un instante, quieto, muy quieto, mudo, como muerto. No quiero alertar a nadie, no deseo compasión lastimera, no quiero delatarme como un animal herido y abandonado. Y espero que sólo sea un engaño, una pesadilla, un delirio más en mi atormentada forma de vivir.
Y espero que vuelvas a llamar y en ello se me pasan las horas, el día y la noche. Y no sucede. Y te busco por toda la casa. Reviso cada lugar como si jugaras a esconderte y no te encuentro. Sin embargo, huelo tu perfume y me arrastro sigilosamente para intentar sorprenderte. Y por más que te respiro en cada espacio, no estás. Y mis brazos se vuelven inútiles pues al querer alcanzarte se enredan de forma estúpida.
Y me invade la frustración y la angustia.
Y la realidad me golpea el rostro. Y me doy cuenta que te has despedido para siempre, sin retorno, sin misericordia. Y tu rostro se me adhiere en la frente. Y tus manos escapan de las mías. Y me quedo recordando el sabor de tu último beso cuando juraste que me amarías para siempre. Y entiendo que nada es para siempre, menos el amor donde siempre acecha el error, la traición y el dolor.
Y tu adiós se apodera de mi cuerpo. Tiemblo, sudo y pierdo la orientación. La tristeza se agiganta y me aplasta, me devora sin sutilezas ni miramientos de ningún tipo y me deja botado en un rincón, sin fuerzas ni voluntad, disponible para el festín de las aves carroñeras o para ser arrojado a un cajón.
Y reina la desolación, una grande, una que termina abatiéndome.
Y me quedo solo, perdido en mi propio destino, sin poder despegar mi boca del suelo, imaginando ilusamente poder amarte en sueños.
Y me quedo esperando un instante, quieto, muy quieto, mudo, como muerto. No quiero alertar a nadie, no deseo compasión lastimera, no quiero delatarme como un animal herido y abandonado. Y espero que sólo sea un engaño, una pesadilla, un delirio más en mi atormentada forma de vivir.
Y espero que vuelvas a llamar y en ello se me pasan las horas, el día y la noche. Y no sucede. Y te busco por toda la casa. Reviso cada lugar como si jugaras a esconderte y no te encuentro. Sin embargo, huelo tu perfume y me arrastro sigilosamente para intentar sorprenderte. Y por más que te respiro en cada espacio, no estás. Y mis brazos se vuelven inútiles pues al querer alcanzarte se enredan de forma estúpida.
Y me invade la frustración y la angustia.
Y la realidad me golpea el rostro. Y me doy cuenta que te has despedido para siempre, sin retorno, sin misericordia. Y tu rostro se me adhiere en la frente. Y tus manos escapan de las mías. Y me quedo recordando el sabor de tu último beso cuando juraste que me amarías para siempre. Y entiendo que nada es para siempre, menos el amor donde siempre acecha el error, la traición y el dolor.
Y tu adiós se apodera de mi cuerpo. Tiemblo, sudo y pierdo la orientación. La tristeza se agiganta y me aplasta, me devora sin sutilezas ni miramientos de ningún tipo y me deja botado en un rincón, sin fuerzas ni voluntad, disponible para el festín de las aves carroñeras o para ser arrojado a un cajón.
Y reina la desolación, una grande, una que termina abatiéndome.
Y me quedo solo, perdido en mi propio destino, sin poder despegar mi boca del suelo, imaginando ilusamente poder amarte en sueños.
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