Ella me salva. Ella enciende demonios en mi cabeza. Ella me llena de contradicciones y desata los más perturbadores pensamientos. Cómo evitar amarla cuando me habla al oído, cuando sus ojos me lo piden, cuando sus labios saben dulces como una fruta.
Sin embargo, cómo no querer matarla cuando deja de mirarme, cuando habla con otros, cuando decide mentirle a su corazón y huye de mi lado.
Ella ahora está lejos y yo en silencio, como muerto. He prometido no volver a nombrarla. Creo que es mejor no saber más de ella, aún cuando mi memoria traicionera se empecina en demostrarme lo contrario. Y es que no puedo evitar recordar las horas que vivimos. Cuando sus ojos buscaron la complicidad de los míos, cuando nuestras manos se enredaron desordenadamente, cuando su piel entibiaba la mía y yo pensaba que nuestros abrazos eran eternos. Y es que nuestros cuerpos calzaban a la perfección -siempre se lo dije- como dos piezas de un gran puzzle y que no tienen otra combinación posible.
Y ya estoy hablando de ella, pero sin nombrarla. Los recuerdos me azotan de manera incesante y no me dejan escapar de su existencia. Esas veces en que no era necesario hablar. Nuestros ojos se encargaban de ello y nuestras bocas y manos, del resto. Esas veces que nos reímos del tiempo, del día, la noche y nos amamos sin apuro ni recriminaciones. Esas veces que le dimos la espalda al mundo y nos confundimos en una misma respiración y en un mismo deseo. Esas veces que nos prometimos eterna compañía, más allá de la vida y de la muerte.
Su figura vuelve a aparecer, nublando mis ojos y mi mente. En mi cabeza emergen fantasmas y deseos abrumadores de terminar con su vida o talvez con la mía. Su rostro, el mío, su divina sonrisa, mi boca cerrada, sus ojos lúdicos y hasta inocentes y mi mirada perversa, se vuelven pólvora y me hacen coger una y otra vez el arma.
Y cuando la sostengo con mi diestra, coloco el cañón pegado a mi sien. Un ritual que vengo realizando hace unos días, desde que su recuerdo me salva y me manda al infierno. Me ha faltado valor, me ha faltado locura, me ha faltado odio para jalar el gatillo. Pero estoy dispuesto a poner a prueba mi coraje y mis desquicios una y otra vez. Estoy decidido a seguir practicando.
miércoles, 27 de junio de 2007
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1 comentario:
Él es una contradicción.
Recuerda y olvida. Habla y calla. Ama y odia.Igual que ella.
Como un puzzle dejado en una mesa sin terminar...
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