La observo una y otra vez y ella no se percata. Ignora que la vigilo como un cazador a su presa. No logro quitarle los ojos de encima pues su belleza es admirable. Está sobre la cama, dándome la espalda, su magnífica espalda, suave y dulce. Cubierta sólo con la sábana, deja entrever sus piernas, también suaves y dulcess. Ella está en silencio, pero no ausente.
Parado en medio de la habitación, la miro otra vez y no puedo dejar de pensar en la noche que vivimos. Una noche agitada, una noche en que la pasión no conoció límites ni supo de cordura y en que el resto del mundo pareció desaparecer.
Recuerdo haberla encontrado en la librería del centro de la ciudad. Esa donde es posible revisar textos al sabor de un café. Vestía una chaqueta roja y en su cuello, un pañuelo del mismo color que resaltaba aún más su pálido, pero bello rostro.
Primero nos miramos entre los estantes colmados de literatura hispanoamericana. Yo no buscaba ningún autor en especial, quizás sin saberlo, a ella. Sus ojos pequeños, brillantes y lúdicos me hablaron, me incitaron, me desafiaron a ser valiente y atrevido, a dejarme guiar por el instinto.
Al acercarme, percibí su aroma dulce, atrayente y misterioso. También fui testigo de como sus dedos frágiles y algo temblorosos, seguramente por el nerviosismo desatado, hojeaban un libro. Y no era un libro cualquiera, era Rayuela de Julio Cortázar, y se habían detenido en el capítulo 7 “Toco tu boca”, lo que evidentemente interpreté como una señal, pues ella se revelaba como mi propia maga.
Azuzado por mi propio deseo, me presenté como un viajero en el tiempo y descubridor de sensaciones, lo que a ella le provocó gracia. Sus labios se encargaron de expresarlo dibujando una sensual sonrisa.
Al cabo de unos minutos, estábamos bebiendo café, sentados en un rincón, cerca, muy cerca, y conversando sobre libros y sueños. De los sueños pasamos a los deseos y de los deseos pasamos a mi departamento distante pocas cuadras del lugar, las que caminamos presurosamente como si nos persiguiera algo más que nuestras conciencias.
Atrás había quedado la librería, los cafés y también las miradas curiosas, ociosas e intrigantes de los que no saben vivir.
Ahora sólo estábamos ella y yo, y dispuestos a perder todas las distancias, absolutamente todas. La cordura y la timidez habían cedido terreno a la pasión y desfachatez. Ya no había oportunidad de retroceder. Ninguno de los dos quería volver atrás.
Y fue así como sentados en el sofá del living comenzamos a explorarnos. Mientras enredábamos nuestras manos, comencé a besar sus labios. Los recorrí lentamente, ciegamente, guiado sólo por el deseo. Recuerdo haber acariciado su rostro suave y tibio. Sus ojos pequeños y brillantes ahora estaban más grandes y encendidos, y me hablaban de complicidad, de una secreta complicidad.
Éramos dos desconocidos perfectamente conocidos. No necesitábamos nada más, sólo a nosotros mismos.
Mis habituales torpes dedos también jugaban a mi favor. Con movimientos casi perfectos le arranqué suavemente su pañuelo rojo. Luego, el turno fue para su chaqueta y blusa, sintiendo el calor de su piel como cuando el reflejo del sol da en la cara. Todo esto mientras mis labios no encontraban otro refugio mejor que su boca y su respiración se confundía con la mía.
Segundos después y como si tratara de una programada partitura, su falda corrió la misma suerte. Con suavidad la despojé de su cuerpo, para luego dejarla descansar inútilmente sobre la alfombra. El resto de su ropa tuvo el mismo destino.
Sus manos también hicieron el trabajo. Primero me quitó la camisa, luego el pantalón, dando rienda suelta a sus traviesos dedos que se deslizaron infatigablemente como pequeñas serpientes sobre mi piel.
Y ahí nos encontrábamos frente a frente, sin armaduras ni escudos, sin palabras, sin nada que esconder, sólo dejándonos arrastrar por el deseo.
Las caricias y besos nos llevaron hasta la habitación, donde la excitación terminó por derrotar cualquier resistencia de pudor y arrepentimiento.
De fondo, Sade y Chicago acompañaron melodiosamente la danza de siluetas en la pared y que era posible apreciar a pesar de la tenue luz en la habitación. No necesitábamos luz, no necesitábamos nada más.
Recuerdo que la amé desenfrenadamente. También sentí que ella me amó con locura, con esa pasión que no es posible entender ni tampoco explicar, sólo imaginar.
Recorrí cada centímetro de su cuerpo, probando el sabor de su piel y que no había encontrado en otra piel. No hubo pausas. No hubo remordimientos. No hubo censura en una noche que se rindió completa y mágica, como ella misma.
La vuelvo a ver y ella continúa en la cama, callada, como durmiendo. Y yo sigo repasando la noche.
Evoco su manera de amar. Recuerdo cada gesto suyo, el movimiento de su cuerpo, la transpiración de su piel.
Me acuerdo que nos burlamos de mi soledad y de su fidelidad conyugal. Sorprendidos por este guiño del destino, ambos internamente lo agradecíamos. No lo dijimos. No hizo falta hacerlo.
Me habló de su aburrido y tortuoso matrimonio. Yo le hablé de mi empedernida soltería y de las ganas de quedarme con ella para siempre. Me confesó no querer volver a casa y yo, de que fuera sólo mía.
Fue una noche larga, pero que a su vez se nos hizo breve. Los dos deseábamos que no acabara. Anhelábamos detener el avance de las horas, como si el tiempo fuera tan manejable como las manijas de un reloj. Ansiábamos que no llegara un nuevo amanecer, no queríamos una despedida.
La observo otra vez y ella sigue quieta, mansa y en silencio. Abro las cortinas para que entre un poco de luz a la habitación y su cuerpo se ve aún más sublime. Pero ella no despierta. Y ya no lo hará más porque yace en mi cama. Fue única, especial y mía.
Y me quedo mirándola. Y en mis manos su pañuelo rojo, el mismo que desaté de su cuello para amarla y que luego volví a atar para llevarme su vida para siempre, sin decirle adiós, sin compartirla.
lunes, 22 de octubre de 2007
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