En el borde de la vida no quedan sentimientos y si hubiera algunos, estos ya son inútiles. Sólo palabras sueltas invaden las horas del preludio fatal y ya no sirve disfrazarse de ser arrepentido y moralmente correcto.
En el borde de la conciencia se juega a la verdad y la mentira y no hay oportunidad para girar en 180 grados y mofarse de la incredulidad.
En el borde de la razón, todo es oscuro y perturbador, el pensamiento alcanza el límite y es difícil y peligroso decir sí, menos aún cuando no hay otra opción.
En el borde de la humanidad, sin hablar, se escuchan voces extrañas y lejanas y sin mirar, se ven hombres y mujeres recogiendo migajas de dignidad. El petitorio es extenso, cargado de ruegos y favores que se cuelan por una rendija de la puerta final, la que permanece cerrada.
El miserable espectáculo me remonta a mi pasado más inmediato, donde hay lágrimas que no acaban y gritos que se callan.
En el borde de la tolerancia, el monstruo del rechazo devora nuestras últimas cuotas de prudencia y empatía y nos revela una vez más, como seres ambiciosos de poder y desesperados por vivir, cuando lo que queda es morir.
En el borde del tiempo, sólo resta abrir los ojos y luego cerrarlos para siempre. Ya no hay espacio ni fuerzas para una línea más.
lunes, 22 de octubre de 2007
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