lunes, 8 de octubre de 2007

Y tú que nada haces

El mundo se descara a tu alrededor y simulas estar distraído. ¿Por qué bajas la mirada? ¿Por qué te niegas a escuchar? ¿Por qué prefieres callar?
La muerte te sopla el rostro y aparentas no sentir su gélido aliento que, sabes muy bien, estremece tu segunda piel. El dolor golpea tu puerta y te vuelves ausente para no abrir. Y ves pasar frente a tu ventana a los jinetes apocalípticos y no los enfrentas. Huyes. Te escondes.
¿A qué tienes miedo? ¿A ser una víctima más de la matanza?
Cambiaron el aire por odio y poco te importa llenarte los pulmones de veneno. Todos quieren poder para satisfacer su hedonista estilo de vida y tú decides encerrarte en tu cuerpo que no termina y que todavía aguanta placeres y traiciones. Es más seguro. Es más conveniente.
Ante el abuso terminas obedeciendo, volviéndote un cobarde cómplice de las atrocidades cometidas y de las que están por ocurrir, abriendo por cierto nuevas heridas en la historia, heridas de las que, sin duda alguna, no te harás cargo. Estás disponible para cuanta farsa inventen los opresores, con tal de que tu piel esté a salvo de la devastación y tengas pan para comer.
Te acomodas en el engranaje de la explotación, en la vereda del castigador y siempre cuidando no caer en el extremo más frágil de la balanza para no sucumbir como tantos otros con menos influencia.
Cada acto, cada movimiento, cada pensamiento está calculado fríamente para no ser presa fácil de la voracidad de unos pocos y de la ingenuidad permisiva de los otros.
No hay arrepentimientos, no hay vista atrás. No hay conciencia. Sólo importa bailar la música impuesta y asentir las órdenes por brutales que éstas puedan ser.
Prefieres renunciar al coraje y la dignidad a cambio de conseguir prórrogas de vida.
Sin embargo, el fin irremediablemente llegará, también para ti. En ese instante más te vale ser fuerte para soportar el remezón.

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