lunes, 22 de octubre de 2007

En casa espero

No logro aislarme. No logro dejar de pensar en ella. Cierro los ojos y veo su rostro cándido y perverso a la vez. No he querido encender la luz. No hace falta que lo haga para ver mi autodestrucción. En medio de la oscuridad aparecen sus labios rojos y húmedos y trato de no imaginar cuantas bocas besará hoy. En mis manos siento su piel que en unos minutos más estará sobre otra piel, sacudiéndose y ofertando cuotas de placer.
Quisiera no volver a pensar en ella. Quisiera no volver a recordarla, pero termino derrotado en cada batalla.
Confieso que he intentado zafarme de su presencia, pero su influencia es mayor y termina por redimirme.
Y caigo de rodillas, una y otra vez, y con las manos me cubro los ojos en un intento por esconder el rostro, mientras temerarias lágrimas se lanzan al vacío. Un ritual que vengo practicando desde hace tiempo, con la esperanza de algún día dejar de sentir dolor.
Y mientras me esmero por desviar mi mente hacia otros caminos, buscando algunos excesos para no seguir soportando el calvario de imaginar que estará haciendo, no dejo de ver su rostro, escuchar su voz y evocar sus movimientos.
Y siento que la cabeza se me parte en dos o quizás mil pedazos y el pecho se me hunde, mientras debo conformarme con su oficio y su venta de sexo por dinero.
Y siento que se me acaba el aire cada vez que la imagino en alguna sucia cama de un hotel barato o el asiento trasero de un automóvil.
¿Cuántos morderán sus labios hoy? ¿Cuántos lamerán su piel como animales en celo, jurándole amor eterno, pero sabiendo que no es más que una mercancía? ¿Cuántos clientes habrá esta noche?
Y mientras estas preguntas rebotan en mi mente como un bombardeo suicida que no busca salvación sino que devastación, me hago sin más remedio compañero de viaje de Villon, en la senda de la perversión.
Miro de reojo la valentía y la cordura y me dejo arrastrar vilmente por la comodidad de saber que llegará con dinero, maloliente, pero dinero al fin y al cabo, con el que podré seguir financiando mis vicios.
La historia se repite todas las noches como si fuera una pesadilla de la que no puedo despertar. Y los gemidos y susurros al oído de extraños me persiguen por toda la casa. En las paredes se dibujan siluetas que se burlan de mi. Se que si observo bien, aún sin luz, encontraré su cuerpo. Prefiero hacerme el distraído y seguir caminando sin mirar atrás. Prefiero tratar de dormirme y despertar por la mañana cuando sienta sus pasos al llegar a casa.

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