Sabe que no es súper hombre, pero se siente invencible para el devorador sistema. Le gusta caminar entre los persas sintiendo el pulso de la vida, mirar esos ojos enrojecidos por el cansancio y el alcohol y a la vez, esperanzados de alcanzar algún día el bienestar, ese del que hablan en televisión y en los diarios. Le gusta andar en micro para sentir el chirreante ruido de la máquina que lo mantiene despierto y no dormirse en cómodas butacas de cuero de lujosos automóviles que terminan por silenciar hasta el cerebro.
Le gusta sentir el aire frío en el rostro para sentirse vivo, respirar fuera de la oficina y caminar sin cadenas ni marcas en la frente. Le gusta sentirse invencible, hasta que la muerte se atreva a desafiarlo a duelo.
lunes, 22 de octubre de 2007
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