Sentado en un desvencijado banco de la plaza -la misma que antaño sirvió para separar a ricos y pobres y que hace una década nos vio salir de la Catedral tomados del brazo-, te recuerdo frenéticamente. Y no es una remembranza afable, es una que lastima, que hiere adentro. Es un ejercicio involuntario e inevitable. Ahora con mil batallas en mi primera y segunda piel y con el corazón maltratado, busco tus ojos en mi acostumbrada mala memoria. Esos ojos miel que siempre me hablaron con la verdad y me amaron profundamente. Esos ojos que se cruzaron con los míos en un lúdico y sorprendente destino que nada explica, pero que todo ofrece.
Evoco tu risa nerviosa, esa que te delataba cuando cometías alguna travesura y con la cual buscaban mi complicidad. Recuerdo tus manos cálidas, esas que me acariciaban el rostro, hurgando en silencio alguna explicación. Rememoro el aroma de tu piel, ese que despertaba mis sentidos aún cuando dormía y me conducía a lugares recónditos.
Y mientras me dejo arrastrar por los recuerdos, más profunda se vuelve mi soledad. Y mientras zozobro en mares inmensos, castigado por los sueños y experiencias vividas, levanto la vista del mugriento piso y miro otra vez a la iglesia, buscando salvación, en medio de la rabia y la incomprensión. Y te vuelvo a ver salir del templo, pero esta vez caminas sola y sin mirar atrás.
lunes, 22 de octubre de 2007
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