lunes, 22 de octubre de 2007

Inoportuna lluvia

Refugiado en el mismo restaurante de siempre, espero a que lleguen. Esta vez me he sentado en la mejor mesa, la más iluminada, intentando asegurar ser visto apenas ingresen al local.
La espera la hago acompañado de un café cargado y un libro de poemas desquiciados, que cada día que pasa me describen con mayor agudeza. Le lectura no es fluida. Eso no importa. Es mejor así. La lectura es sólo un alivio para la desesperante espera por este reencuentro.
Y es así como cada vez que se abre la puerta del restaurante levanto presuroso la vista, esperanzado de verlas entrar, invadiéndome luego en cada acto la desazón, pues mi mirada se pierde en otros rostros, en otros cuerpos y al final, se queda atrapando el vacío que deja la puerta entre abierta.
Y mientras voy sumando tazas de café, el gran reloj adosado a la pared me dice que las horas han transcurrido en vano. Si lo miro bien, veo que sus punteros forman una gran boca que se ríe de mi lastimosa espera.
Huyendo del tiempo, intento distraerme mirando hacia el ventanal. Afuera llueve y pienso que quizás eso las ha retrasado. La lluvia es copiosa, incesante y fría. Quienes se han visto sorprendidos con las precipitaciones, corren de un lado a otro, como si con dicho esfuerzo se mojaran menos. Brincan como niños para no caer en las desafortunadas pozas y para no ser alcanzados por el agua que arroja el paso de los automóviles. Es un espectáculo casi circense, pero que no me hace sonreír. Todo lo contrario. Me entristece la indefensión del ser humano. Ya casi nada me hace sonreir.
El olor a humedad se cuela por las rendijas del ventanal. Es intenso. Me recuerda a mi infancia cuando jugaba a la pelota en calles mojadas y cuando mamá se preocupaba de cambiarme la ropa húmeda. Ahora, cuando adulto, cuando ya he andado la mitad del camino, la lluvia me invita a buscar un lecho para dormirme hasta el día siguiente. Ese es mi horizonte más lejano cada día.
-Quizás la lluvia no les permitió llegar a la cita-, me digo, tratando de convencerme de que su ausencia no es un desprecio sino que una zancadilla del destino y para lo cual hay una buena excusa.
A esta hora, ya he cambiado los cafés por el alcohol. Y es que la incertidumbre me angustia, termina abatiéndome y me acerca peligrosamente a abandonar el formalismo. A esta hora ya he roto la promesa de no volver a beber delante de ellas. A esta hora en que no aparecen, prefiero el alcohol a la cafeína, en un intento casi desesperado de evadirme de la realidad, esa donde no aparezco junto a ellas, esa realidad en que estoy más muerto que vivo.
El dependiente del restaurante me mira con compasión. Soy el único cliente que ha estado toda la mañana sentado en el mismo lugar, bebiendo café, ahora vodka, mirando la puerta a cada instante, el libro, el reloj de la pared y el ventanal. Los otros clientes han ido rotando. Yo, en cambio me mantengo aferrado a mi silla, como si fuera una tabla de salvación en medio de un mar de desilusión y tristeza. El me conoce. Sabe de mi cita con ellas y al parecer, también tiene la certeza de que no llegarán.
Seguramente mis ojos vidriosos de tanto resistir el llanto y enrojecidos por el alcohol, me delatan como un perdedor, como un hombre que se ha quedado solo, abandonado por fuera y por dentro. Ella, aburrida de mis locuras y desamor, buscó horizontes más prósperos, cariño sin mezquindades y una vida sin sobresaltos en lo económico y emocional. No es su culpa, por cierto que no. Y es que debe ser difícil estar con alguien inconstante, soñador y que no tiene la seguridad de llegar con dinero a casa.
El dolor de su partida aún me hiere y sino fuera por las tres pequeñas existencias que invadieron de pronto mi vida, ciertamente me habría despachado de esta sucia realidad. Ellas se convirtieron en mi cable a tierra, en mi sintonía con el presente y contuvieron más de una vez mis ganas de jalar el gatillo. Las vi crecer, las amé a mi manera y ellas me vieron envejecer y me amaron también a su manera.
En los últimos años nos habíamos distanciado físicamente, por mi ocupación, mi desvarío, su crecimiento, sus intereses.
Hoy nos íbamos a reencontrar. Hoy nos volveríamos a abrazar. Nos miraríamos nuevamente a los ojos. La cita era en el restaurante de siempre, ese que cuando niñas visitamos varias veces.
La cita era a las 10:00 horas. Ahora son las 21:00 horas y en mi mesa he acumulado cuatro tazas de café y tres botellas de vodka y dos de ginebra. El dependiente me mira con lastima y me dice a la distancia que parece que ya no llegarán.
Como puedo, saco de mi abrigo una foto que había traído para enseñársela a ellas y la dejo sobre la mesa, junto con el dinero del consumo. Camino hasta la puerta del local. Veo que sigue lloviendo y me digo una vez más “talvez la lluvia impidió que mis hijas llegaran”.

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